
La mujer vale igual que el hombre. Tienen los mismos derechos, las mismas obligaciones. Trabajan tanto o más que nosotros. Su incorporación a la vida pública en todos los aspectos (políticos, laborales...) no sólo era necesaria, sino imprescindible. Ha supuesto para muchas de ellas un nuevo sentimiento de seguridad y de confianza en sí mismas: tienen un salario, y tienen la capacidad para llevar a cabo negocios. Tan, o mejor, que los propios hombres. Muchos machistas no lo comprenden. Peor para ellos.
Pero, me pregunto ¿Es el trabajo en sí mismo una bendición o una esclavitud? ¿Uno trabaja por hacerse a sí mismo, o para pagar hipotecas? Desde luego que, sin duda, lo que conocemos como "trabajo vocacional" es aquel en el que, además de cobrar, disfrutas por ello. Sin duda, ahí sí que podemos decir que es una bendición. Si, por el contrario, no te gusta tu trabajo y encima tienes que hacerte cargo de ciertos gastos periodificados, ya no se habla de bendición, sino de un nuevo tipo de esclavitud. Y, encima, se considera bendición, poder hacer frente a esos gastos mes a mes.
Todo esto viene a colación de un artículo que publica "
Zaragoza Única: La mujer y el regreso al hogar" sobre las insatisfacciones de la mujer en la vida laboral. A lo que yo reflexiono lo siguiente:
Es triste, pero el gran beneficiado, económicamente hablando, de la incorporación de la mujer al mundo laboral ha sido el especulador urbanístico. Ahora puede cobrar el doble por el mismo piso. Porque ahora son los dos los que trabajan. El gran perjudicado, sin duda, son los hijos, que si antes no conocían a su padre, ahora tampoco conocen a su madre. Al menos, tienen cariño por sus abuelos. Y el gran sustituto ha sido la Play Station-Wii-Nintendo DS-etc, claro. El gran sustituto.
No es raro hablar con maestros, o incluso con los monitores de natación (que me caen más cerca) y sienten que los niños en determinadas ocasiones se encuentran abandonados. Se espera de ellos, profesores y monitores, que sean los que eduquen a los hijos. Los padres los apuntan a excesivas actividades extraescolares para ganar tiempo en sus respectivos ámbitos laborales. Los niños pierden, por el camino, esos valores afectivos que antes tan bien enseñaban nuestras madres.
Pero, creo yo, no hay vuelta atrás. Sí la mujer se incorporó un buen día por diversos motivos (satisfacción personal, sentimiento de utilidad, crecer como persona, ser emprendedora, mejorar su capacidad económica...), ahora se encuentra atrapada en la telaraña de gastos hipotecarios, y no podrá volver de donde vino. Está inmersa en el sistema económico, tanto o más que el hombre (porque, desgraciadamente, sigue cobrando menos). Los engranajes financieros y sociológicos funcionan, y ay de aquella que decida regresar al hogar. La renta familiar no llegará al euribor, y las vecinas la tacharán de vaga.
Por eso, más que nunca, la única solución posible es la flexibilidad laboral para facilitar la conciliación laboral y familiar. Así mismo, se debería impulsar el teletrabajo. De esta forma, los padres podrían estar más en contacto con sus hijos. Eso, o dentro de unos años, cuando esos niños sean adultos, la sociedad estará inmersa en problemas sociales como el desafecto, el desarraigo, el egoismo, o la falta de empatía... Luego nos quejaremos si nuestros hijos nos mandan al asilo. Normal. Han perdido el contacto afectivo con sus progenitores.
(Ojo, que quizá estoy equivocado. Que el problema no sea la falta de tiempo para estar con los hijos, sino las ganas. Y entonces, ni conciliación ni teletrabajo ni nada podrá aliviarlo).